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19 Jan, 2018
Última actualización: 4:39 PM 19 January 2018

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Vespertina

  • Ene 19, 2018
  • Publicado en opinet

Vespertina

Inevitablemente, el día ha empezado a apagarse. El cielo es un enorme manto gris que envuelve la ciudad. Algunos noticieros asocian sus explicaciones con la lluvia que durante la tarde bañó los tejados; otros destacan la incipiente neblina que ya desdibuja las calles inundadas. A este clima hay que sumarle las incesantes emisiones de dióxido de carbono, producto del vaivén de los buses y demás medios de transporte, con lo que el paisaje se oscurece todavía más. El resultado es un ambiente propicio para clandestinidades.

Las manos se han juntado. No como las que se juntan para dar un aplauso. No como las que se juntan para hacer el bendito. Estas son manos que no se desprenden de un mismo tronco. Son disímiles. La de él es grande, venosa, callosa, poseedora de una fuerza agreste extraída de los surcos y las piedras. La de ella es blanca, mansa, sutil, hecha para la caricia, para la veneración, para la poesía.

Escuché que él llegó del Oriente, llegó tal vez con la idea de realizar uno de esos trámites para los que se necesita madrugar. Entiendo que no le alcanzó el día para superar la burocracia. Con la cabeza y los ánimos abajo, se dispuso a volver a casa, a su casa triste y solitaria. Pero entonces, como un evidente acto de confabulación natural, una lluvia torrencial se desplomó sobre la ciudad. Y él tuvo que caminar, y tuvo que correr buscando refugio. Lo encontró bajo el techo de una parada de buses. Allí esperó hasta que se apaciguó la tormenta.

Cuando solo quedó la neblina, vislumbró al otro extremo la silueta embrujadora. Cual estrella que por las noches desafía las tinieblas, su fulgor enfrentó y doblegó la grisácea espesura de la atmósfera. Bastó  que se abriera la puerta para embellecer la fachada de la casa. Aquello fue algo más que los cantos de sirena. Aquello fue el cruce de correspondencia natural y psicomagnética entre la mitad y su complemento. 

El forastero se acercó, un poco tímido, un poco soñador. Se había abrigado lo suficiente, pero se encontraba temblando de frío. Ella lo esperaba estacionada en el umbral, sosteniendo con su diestra la puerta y apoyando en el alféizar la izquierda. El forastero la miró, hizo un paneo de abajo hacia arriba. Estaba ligera de ropas; sin embargo, bastaría tocarla para disfrutar su fuego, para prescindir de la chimenea y de la taza de café. La tocó. Sintió su piel comburente. Era el momento de buscar la asociación.

El día ha empezado a apagarse. La neblina esconde las calles, los vehículos tienen que encender las luces para poder circular. Es frecuente, después de la lluvia, que las calles se pongan resbalosas, que haya fallas en el sistema de semáforos o que cualquier automotor presente desperfectos mecánicos. Por alguna de estas razones, el ruido del tráfico se ha intensificado. Apenas se escucha en la distancia el dulce repique de las campanas de la catedral.

Yo estoy aquí, aferrado a la colilla del cigarro, inhalando solamente el humo de los buses. Veo que las manos, finalmente, se han juntado. Entiendo que han dialogado, que ha habido persuasión, que ha habido propuestas.  Los economistas le llaman valor razonable. De repente, la puerta se cierra, y aquello vuelve a ser tan solo la fachada de una casa vieja y destartalada, en un ambiente propicio para clandestinidades.

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CADALSO / David Ayala

Es licenciado en Administración de Empresas. Ha escrito poesía, cuento y ensayo. Buena parte de su producción literaria ha sido publicada en su blog personal y en otros medios digitales.

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